Campo de Hielo Sur: en busca de un primer ascenso
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Relato de Florencia Mujica. Expedición de Víctor Zavala, Macarena Domínguez y Florencia Mujica a Campo de Hielo Sur, agosto de 2026.
En abril de este año recibí una llamada de la Maca Domínguez y de Víctor Zavala: me estaban invitando a unirme a una expedición que estaban organizando. La idea era ir a Campo de Hielo Sur en busca de un primer ascenso, combinando varias disciplinas: kayak, montañismo, randonnée y escalada en hielo. No lo pensé dos veces y acepté sin ninguna duda.
La idea nació cuando Víctor, en una expedición previa al macizo Paine, vio el cerro desde lejos y le capturó la atención al tiro. Desde ese momento empezó a buscar su nombre, ascensiones previas y rutas de acceso, pero no encontró nada. Fue ahí cuando se planteó realizar este primer ascenso.

Los meses siguientes continuamos con la investigación y planificamos la aventura. Como no había mucha información, evaluamos cuatro posibles rutas de aproximación al campamento base que combinaban todas las disciplinas, pero nos inclinamos por una: la que iba por el lago Tyndall.
En julio teníamos todo listo, pero nos faltaba la ventana perfecta para poder adentrarnos en Campo de Hielo. Víctor revisaba el tiempo a diario para ver cómo iba cambiando el pronóstico. El 3 de agosto llegó la esperada llamada: Víctor nos avisó que se venía una ventana de varios días y que debíamos viajar ya a Puerto Natales, desde donde partiría nuestra aventura. Acto seguido, la Maca y yo compramos pasajes y armamos los bolsos para partir.

Día 1: Kayak río abajo y río arriba
Partimos el 6 de agosto desde Natales hacia Villa Serrano, desde donde zarpamos por el río del mismo nombre, con un amanecer increíble y el macizo Paine despidiéndonos. Los kayaks iban cargados a más no poder, con todo el equipo y comida para 15 días.
Navegando río abajo tuvimos que portear los kayaks unos 100 metros por tierra para evitar unos rápidos. Los tirábamos con cuerdas entre dos, mientras el tercero direccionaba la cola del kayak; fue una tarea ardua. Continuamos remando hasta la confluencia con el río Tyndall, donde comenzamos la remada río arriba. El caudal era muy bajo, así que debíamos bajarnos y subirnos a los kayaks constantemente y tirar de ellos con cuerdas amarradas a la cintura mientras caminábamos por el río.
Tras dos horas de acarrear los kayaks llegamos al lago Tyndall, que nos recibió con una vista impresionante a cerros nevados, glaciares colgantes y un sol que lograba calentarnos un poco en el frío invierno patagónico. Recuperamos fuerzas y continuamos remando los últimos 8 km del lago. Hasta entonces la remada había sido muy amable porque no había viento, pero en la Patagonia no todo es perfecto: al poco rato de empezar a cruzar el lago comenzó a soplar viento en contra, y el avance se hizo mucho más duro y lento. El cansancio se sentía cada vez más, pero dejar de remar significaba retroceder, así que solo podíamos seguir remando e intentar llegar a las pequeñas penínsulas que nos protegían un poco del viento.
Logramos llegar al otro lado del lago y así terminó nuestro primer y agotador día. Armamos campamento y comimos todo lo que pudimos, ya que al día siguiente partíamos caminando al glaciar, dejando atrás los kayaks, ropa y comida.



Día 2: Glaciar Tyndall y su laberinto de grietas
El día partió con el paso de una morrena gigante, con mucha roca suelta y una gran pendiente. El andar se hacía difícil y muy pesado, ya que caminábamos con más de 30 kg en la espalda. Tras un largo ascenso llegamos al punto más alto y observamos por primera vez el glaciar Tyndall, nuestra entrada a Campo de Hielo. Desde el mirador divisamos una especie de «río» sobre el glaciar, que nos indicaba la ruta más accesible para montarnos en él y progresar.
Nos subimos al glaciar sabiendo que durante la próxima semana solo caminaríamos sobre hielo y nieve. El tránsito fue mucho más lento de lo pensado: sortear las grietas se hacía cada vez más difícil y debíamos avanzar en zigzag para pasarlas. Además, el peso de las mochilas no ayudaba y solo pensábamos en el momento de sacárnoslas y seguir con los trineos. Lo que nos mantenía distraídos era el increíble paisaje que teníamos alrededor y los azules profundos de las grietas.
Ya casi al final del día logramos quitarnos el peso de la espalda y partir caminando con los trineos, un alivio gigantesco para el cuerpo. El glaciar se ponía más amigable y con menos grietas, así que era más fácil progresar, pero se acercaba la noche y armamos campamento entre grietas. No logramos avanzar ni la mitad del recorrido que teníamos en mente para ese día; a pesar de eso, nos manteníamos felices y con energía para continuar al día siguiente.





Día 3: Trineo y randonnée en el glaciar
Salimos temprano del campamento con la intención de llegar al campamento que teníamos como objetivo el día anterior. La progresión era más rápida porque íbamos con los trineos, y luego nos pusimos los esquís de randonnée, lo que hizo el andar aún más rápido y fácil.
El paisaje era impresionante. Atrás dejábamos el lago Tyndall, el lago Geikie y el monte Balmaceda. A los lados se nos abría el horizonte: por el este el macizo Paine y por el oeste las primeras vistas del cerro Travesía y de nuestro imponente cerro objetivo, todavía sin nombre.
Tuvimos que dar una gran vuelta para evadir unas grietas gigantes, y luego subir y bajar entre otras grietas para alcanzar el plano que nos llevaría a nuestro cerro.
Después de ocho horas llegamos al lugar que sería nuestro campamento. La rutina era que unos armaban la carpa mientras otro derretía nieve y preparaba las comidas liofilizadas GUFO; así podíamos meternos pronto a la carpa para escribir las bitácoras y descansar.




Día 4: Viento incesante
La carpa se movía y el viento rugía; solo con eso sabíamos que el día vendría más duro. Desarmamos rápidamente la carpa para no congelarnos y partimos rumbo al campamento base. Esta vez nos encordamos, ya que en el camino había grietas cubiertas de nieve a las que podríamos caer.
Partimos con uno de los amaneceres más maravillosos que he visto. Hacia adelante teníamos nuestro cerro y el Travesía pintados de rosado, mientras atrás se veía la silueta perfecta del macizo Paine y, al fondo, la sierra Baguales bajo un cielo entre azul y naranjo. Además, el viento transportaba la nieve formando ríos de nieve en suspensión, atravesados por la luz rosada del amanecer.
Como todo era tan amplio, se sentía que el cerro estaba al lado, pero caminábamos y caminábamos y no llegábamos. El viento empezó a aumentar y las ráfagas se hacían cada vez más fuertes, al punto de que caminábamos sin parar y sin hablar, porque sabíamos que si nos deteníamos nos enfriaríamos en un segundo. Mantuvimos el paso firme y constante con la esperanza de encontrar refugio del viento en la ladera del cerro.
Logramos llegar a la ladera, donde la pendiente nos protegía del viento. Comenzamos el ascenso y se empezaron a asomar las primeras grietas, pero esta vez eran diferentes: cortes en la nieve muy anchos que no terminaban nunca hacia abajo, solo se veía negro al fondo. Evadimos un par y cruzamos puentes de nieve, hasta que escuchamos un grito: «¡Grieta!». Al segundo nos dimos vuelta y vimos solo unos esquís pataleando en el aire. Víctor se había caído de cabeza a una grieta. Para su suerte cayó solo un poco y pudo salir por su cuenta. Seguimos caminando y a los minutos la Maca cayó a otra grieta, de la que pudo salir fácilmente. Lo bueno era que ya estábamos cerca del punto acordado para el campamento base.
Armamos campamento, pero esta vez la tarea fue más ardua. El viento solo iba en aumento, así que tuvimos que construir un muro y una terraza para que la carpa quedara protegida. Nos tomó dos horas armar todo, pero una vez adentro tuvimos nuestro merecido descanso, con una vista espectacular a Campo de Hielo.





Día 5: Descanso y cumpleaños
A las 4:00 sonó la alarma para ir al ataque a cumbre, pero el intenso ruido del viento nos hizo posponerla una hora. A las 5:00 el viento continuaba; no hizo falta hablar mucho, todos sabíamos que ese día no podríamos salir.
Fue el primer día de descanso: pudimos dormir hasta tarde y despertar con calma. Además era mi cumpleaños, y qué mejor forma de celebrarlo que en medio de Campo de Hielo, con vistas impresionantes. Mis amigos me hicieron una sorpresa: prepararon un aperitivo con jamón serrano, quesos y frutos secos, y me cantaron con una velita en un brownie. Un detalle demasiado especial.
El viento estuvo presente todo el día, pero nos permitió tener un buen descanso para la jornada siguiente.




Día 6: Intento a cumbre y grietas gigantescas
Nuevamente sonó la alarma a las 4:00, pero esta vez el tiempo nos regalaba un gran día. Nos preparamos rápidamente para salir: desayuno exprés, nos vestimos y nos encordamos.
Partimos caminando a oscuras, bajo un cielo lleno de estrellas y sin viento. A los pocos metros de dejar el campamento empezaron a aparecer las temidas grietas. La Maca iba primera, sondeando dónde estaban los mejores puentes de nieve para cruzarlas; el problema era que todo se caía, y más de una vez quedó al borde de caer a una. Pasamos un par de grietas, pero llegamos a una que no se podía cruzar, así que tuvimos que devolvernos un poco y rodearla. Después de una hora intentando sortear las enormes grietas llegamos a un plano donde todo estaba tapado y el avance se hizo mucho más rápido.
Con los primeros rayos de luz llegamos a la base de la cara sur del cerro, donde pudimos ver la ruta que tomaríamos hacia la cumbre. En ese punto cambiamos los esquís por crampones y caminamos fuerte y derecho hasta la base del torreón final, junto a un amanecer espectacular. Una vez a los pies de la pared nos preparamos para escalar. Víctor abrió el primer largo con una escalada entre hielo y nieve y muy pocas protecciones. El siguiente lo abrió la Maca, donde la pendiente disminuía y la escalada era más fluida. En el tercer largo partió Víctor, pero a los 15 metros paró y decidió asegurarnos. Nos pareció raro, porque había sido muy corto y la cumbre se veía muy cerca. Cuando nos reunimos con él quedó clarísimo por qué había escalado tan poco: había una grieta de unos cinco metros de ancho que cortaba el filo de lado a lado. Víctor intentó ir por un lado, donde lo único que se podía hacer era saltar como Rambo, con los piolets alzados en el aire, y clavarlos al otro lado al aterrizar: una muy mala idea. Por el otro extremo del filo había un puente de hielo, pero cuando intentó montarse en una terraza, esta se le empezó a caer por completo. Derrotado, volvió hacia nosotras con la triste realidad de que no podríamos cruzar la grieta. Estábamos a poco más de 40 metros de la cumbre, sentados en una terraza con vista a los fiordos, glaciares colgantes y el tramo sur de Campo de Hielo, y con el sabor amargo de no poder continuar hacia la soñada cumbre.
El regreso fue silencioso. Hicimos un par de rápeles y nos encordamos para bajar el cerro a pie hasta los esquís. Esquiamos hacia abajo encordados, una maniobra de mucha coordinación, en especial en los lugares donde había que cruzar grietas. Trece horas después estábamos nuevamente en el campamento, sanos y salvos.






Día 7: Un día más de descanso antes del largo retorno
El día fue lento y descansado. Cada uno hacía cosas distintas: dormíamos, escribíamos, secábamos ropa, comíamos y disfrutábamos de la vista. Con la Maca delimitamos un perímetro para esquiar y nos tirábamos desde una grieta hasta la otra, con vista a los innumerables cerros de Campo de Hielo y al macizo Paine. Además construimos un salto donde yo saltaba con mi splitboard haciendo distintos trucos. En la noche nos acurrucamos para ver una película, «El último samurái», que nos dio toda la motivación para el regreso.




Días 8 y 9: El regreso a la civilización por el mar de hielo
Comenzamos el retorno con un amanecer muy rojo, sin viento y todo despejado. Encordados, empezamos a bajar con las mochilas y los trineos a la espalda. Al cruzar una grieta el suelo colapsó y me caí; menos mal que la mochila quedó enganchada a un lado de la grieta mientras mis pies quedaban en el otro. Para salir tuve que darme vuelta como una tortuga y arrastrarme hacia afuera. Fue mi primera experiencia cayendo a una grieta.
Cuando llegamos al plano nos pusimos los esquís y el splitboard y partimos bajando junto a los trineos. Era una carrera contra ellos: si el trineo te alcanzaba te podía pegar en las piernas y botarte, o pasarte y chocar tú con él. A pesar de eso, era muy rápido moverse así. Cuando la pendiente disminuyó, pasamos nuevamente a modo randonnée y continuamos caminando entre las grietas.
Para nuestra sorpresa, las huellas de la ida estaban intactas, lo que hizo mucho más fácil navegar por el interminable glaciar.
Acampamos cerca del primer campamento que habíamos hecho en el glaciar y disfrutamos la tranquilidad del día.



Al día siguiente partimos muy temprano hacia los kayaks. El último tramo del glaciar era donde estaban los zigzags entre grietas, pero gracias a las huellas caminamos en una hora lo que a la ida nos había tomado cuatro. El glaciar estaba cubierto por una neblina densa que hacía la vista muy distinta: la niebla se mezclaba con las grietas y su intenso color azul. Ya al final, los ríos congelados sobre el glaciar nos guiaban hacia la salida. Llegamos a la morrena y cruzamos el paso de roca, dejando atrás la última vista del glaciar Tyndall; al otro lado nos esperaban los kayaks.
Al llegar a la playa desarmamos todo, sacamos la ropa limpia que habíamos dejado, nos bañamos, ordenamos y comimos como locos. Al fin habíamos salido del hielo y tocábamos tierra firme.




Día 10: Pelea contra la corriente
Sin saber que había llegado nuestro último día de expedición, nos despertamos temprano y a las 9 ya estábamos en los kayaks remando por el lago Tyndall. El día estaba nublado pero muy tranquilo; la remada por el lago fue de contemplación y de asimilar lo que habíamos vivido.
La bajada por el río Tyndall fue mucho más fluida y casi no tuvimos que bajarnos del kayak. A la mitad de la bajada se puso a nevar y no paró más. De a poco el paisaje se fue poniendo blanco: los árboles estaban cubiertos de nieve, mientras los flamencos reposaban en el agua con la nieve cayendo sobre ellos.
Llegamos al río Serrano y tuvimos que remar río arriba. Había tramos remables y otros donde la más mínima corriente en contra los hacía imposibles, así que el remolque de los kayaks era necesario. Nos subíamos al kayak, remábamos un par de metros, nos bajábamos, caminábamos por la orilla tirando de él y nos volvíamos a subir. Así fue el retorno durante varias horas.
A la mitad del tramo río arriba, cansados y mojados, surgió la pregunta de si acampar ahí o seguir hasta el auto. La decisión fue seguir, a pesar del agotamiento, porque quedarnos significaba desarmar todo, armar campamento mientras nevaba, dormir mojados y ponernos los trajes mojados al día siguiente.
El porteo de los kayaks por tierra en la zona de rápidos fue más duro que a la ida: había que subir un poco más con ellos. Después de tirar de ellos como bueyes y de una breve pausa para comer y tomar agua, seguimos por el último tramo río arriba. Se nos hizo rápido y llegamos al auto con la última luz del día. Estar nuevamente en la civilización nos dio una felicidad y un relajo inmensos, pero al mismo tiempo nos dábamos cuenta de que nuestra aventura llegaba a su fin.
Estuvimos diez días desconectados del mundo, donde la vida era muy simple y las vistas eran cada vez mejores. Ha sido por lejos una de las mejores aventuras que he tenido en mi vida; el viaje completo es algo inolvidable y la amistad con mis amigos creció mucho más. Una aventura memorable en la ventana del siglo.


